El doble terremoto que azotó la zona central costera de Venezuela deja hasta el momento un saldo oficial de 5.546 fallecidos y 16.740 heridos. Además de 17.907 damnificados que perdieron la totalidad de sus viviendas. En cuanto a los desaparecidos y ante la opacidad de las autoridades, destaca la estimación de la Oficina de Coordinación de Asuntos Humanitarios de las Naciones Unidas -OCHA- y agencias de rescate en el terreno que hasta 50.000 personas podrían seguir desaparecidas, presumiblemente sepultadas bajo los escombros de las ciudades portuarias y el norte del país.
Una gran tragedia de proporciones inimaginables con la lamentable secuela de familias desmembradas, niños y adultos mayores en situación de indefensión y muchísimos deudos dentro y fuera del país.
Un panorama oscuro sobre todo debido a las condiciones económicas previas al evento sísmico acrecentadas por la situación política y la carrera imparable del dólar.

Pero poco se habla de las otras víctimas anuladas ante la dimensión de la tragedia: los venezolanos que no murieron ni resultaron heridos y que, pese a no haber perdido sus viviendas, estas registran daños en algunos casos considerables, esas son las víctimas invisibles de los terremotos de San Juan quienes a, partir del 24J tiemblan en sus casas, pero no por una réplica sino a la larga espera del fatídico informe de la comisión presidencial que avalúa los daños con su temido semáforo.
Esas víctimas de las que casi nadie habla, “porque afortunadamente están vivos y tienen casa”, ahora corren el riesgo de ser sepultadas por la avalancha de cascotes que se desprenden de todos los arreglos que deben realizar en sus propiedades.

Una segunda tragedia muda, silenciosa que amenaza con eliminar a otro grupo de venezolanos, los cientos de miles de ancianos que viven en esos altos condominios donde la mayoría quedó sola producto de la diáspora, muchos de ellos con una entrada mensual de Bs 130.
¿Quién habla de ellos, qué organismos públicos o privados se ocupan de defenderlos de constructores, contratistas, ingenieros y albañiles que buscan copiosos beneficios porque a su vez son victimas de este trágico evento?.
¿Quién habla de estas personas que no solo son los viejos porque también hay jóvenes y niños en estas edificaciones que han sufrido daños y deben ser reconstruidas?
Todos hablan de solidaridad y se celebra que durante lo sucedido se observara la entrega de muchas personas, pero y a esos olvidados ¿quién los va a ayudar, qué ONG se ocupará de ellos, qué periodistas los mencionan”.
Tapiados bajo las cuotas extras post-sismo
Allí están cientos de miles, la mayoría en las alturas de algún condominio, sin esperanzas de que un equipo de rescate intente liberarlos de los escombros económicos.
Muy Triste y dolorosa ver la indolencia en un país que se considera “solidario”, porque una nación realmente dispuesta a ayudar buscaría mecanismos para apoyar a este grupo de olvidados que no ofrece alta visibilidad en las redes sociales porque sus sonrisas o cuerpos no aparecen en vídeos o fotos bajo moles de cemento y cabillas, pero que están también aplastados por las circunstancias con el agravante de que nadie los ve porque no son viralizables en las redes.

Solidaridad sería que surgieran grupos de contratistas que ofrecieran precios asequibles a estos viejitos que podrían ser sus padres o abuelos. Ayuda es pensar en todos no solamente es quienes dan notoriedad y pagan enormes cuotas.
Por eso no me gusta hablar de solidaridad cuando veo que todos tiemblan cuando reciben en los grupos de WhatsApp los presupuestos para reparar paredes, grietas y ascensores, mientras muchos además de sufrir agobio económico tienen que vivir confinados en los pisos altos por no poder reparar los elevadores.

¿Cuál solidaridad? Estoy consciente de que primero son los que quedaron sin vivienda pero y los que afortunadamente aun la tienen y deben repararla ¿Para esos ciudadanos no hay chance?
No ayudarlos es una forma de elevar la cifra de muertos con un conteo lento e invisible de quienes no pudieron superar este trance «aunque quedaron vivos y tienen casa».
Por Sonia Pomenta Llaña
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