En estas semanas de frío, cuando la luz se apaga temprano y las casas se llenan de color,
repetimos gestos sin pensarlos demasiado. Las flores rojas en la sala, una taza de chocolate
caliente entre las manos, los nombres de los lugares donde vivimos. Parecen parte natural del
invierno en Baltimore, como si siempre hubieran estado aquí. La historia, sin embargo, tiene una
habilidad discreta: revela lo que la rutina suele esconder.
Pensemos en la flor que marca estas fechas: la nochebuena. Aquí en Estados Unidos se conoce
como Poinsettia, un nombre que dice poco sobre su origen. Botánicamente, la planta es nativa de
México y su presencia natural se extendía hasta Guatemala. Mucho antes de llegar a escaparates
y mesas festivas en Maryland, ya ocupaba un lugar importante en las culturas mesoamericanas.
Los mexicas la cultivaron y la usaron, entre otras cosas, con fines medicinales y para obtener
tintes. En el mundo maya y en regiones del sur de México y Guatemala, la planta formaba parte
de una tradición botánica donde lo práctico y lo simbólico convivían.
En el siglo XIX, Joel R. Poinsett, diplomático estadounidense en México y aficionado a la
botánica, trajo ejemplares de la planta a este país. Con el tiempo, su apellido terminó nombrando
a la flor. Así funcionan muchas veces los viajes de las cosas: cruzan fronteras, cambian de
nombre, se integran a nuevas costumbres. Pero el origen permanece, aunque no siempre se diga.
Cada nochebuena que ilumina una casa en Baltimore también conecta a esta ciudad con una
historia más amplia de nuestras comunidades.
Algo parecido ocurre con el chocolate caliente, tan presente en estas noches frías. Su sabor
reconforta, pero su historia también viene de lejos. El cacao fue cultivado y valorado durante
siglos en Mesoamérica. Mayas y mexicas lo preparaban en bebidas que no eran dulces como las
actuales, pero compartían lo esencial: el cacao como alimento, como símbolo y como
conocimiento transmitido. Con el tiempo, ingredientes y gustos transformaron la receta. La taza
que hoy disfrutamos en los mercados navideños conserva, sin anunciarlo, una memoria antigua.
Esa memoria también vive en los nombres. “América” suele remitirnos a mapas y continentes,
pero el nombre proviene de un hombre llamado Américo Vespucio, un navegante nacido en
Florencia, Italia. “América Latina”, por su parte, tomó forma en el siglo XIX, en debates
políticos e intelectuales, y ganó fuerza desde Francia, donde se buscó presentar a esta parte del
continente como “latina”, unida por lenguas de origen común. Los nombres ayudan a ordenar el
mundo, pero también pueden ocultar historias, simplificar orígenes o dejar voces fuera.
Como diplomáticos que trabajamos entre países y comunidades, vemos con frecuencia estas
capas superpuestas: lo que se nombra, lo que se hereda, lo que se transforma. Tal vez por eso
vale la pena preguntarse qué hay en un nombre. A veces la respuesta no está en los archivos ni en
los discursos, sino en una flor roja sobre la mesa o en una taza humeante que, sin decirlo, cuenta
un largo viaje compartido.
Por Carlos Torres Corona y Sergio Aguirre Gamboa



