MES DE LA HERENCIA HISPANA | ARGENTINA EN BALTIMORE
Capitán Cáceres y la lección de la Fragata ARA Libertad
Acá se busca el triunfo del equipo
El comandante de la Fragata ARA Libertad conversa con Latin Opinion sobre la vocación que heredó de su padre, la formación de nuevos oficiales y la responsabilidad de representar a su país en el mar
Por Erick A. Oribio Quintana | Latin Opinion
Baltimore.— A bordo de la Fragata ARA Libertad, el capitán de navío Jorge Gabriel Cáceres habla con orgullo de su buque, pero vuelve una y otra vez a las personas que lo hacen navegar. Su mayor satisfacción es ver crecer a los jóvenes que se preparan para ser oficiales; su primera obligación, regresar con todos sanos y salvos.

Latin Opinion conversó con el comandante durante la escala del buque escuela argentino en Baltimore, realizada en junio como parte de las celebraciones por los 250 años de la independencia de Estados Unidos. Recuperamos ese encuentro en nuestra edición del Mes de la Herencia Hispana para acercar a los lectores una historia de servicio, aprendizaje y tradición marítima.
La bienvenida del capitán y de su tripulación convirtió la visita en un encuentro cercano. Detrás de los uniformes y las ceremonias apareció un hombre que reconoce el peso de estar lejos de la familia y que, después de 32 años de carrera, sigue estudiando para afrontar nuevos desafíos.

La Fragata ARA Libertad también lleva una marca histórica: en 1966 estableció el récord mundial de velocidad en el cruce del Atlántico Norte a vela, al recorrer 2,058.6 millas náuticas en ocho días y 12 horas. Su comandante conoce el prestigio que recibe y la responsabilidad de transmitirlo a una nueva generación.
¿Qué significa estar al mando de un buque que representa a toda una nación?
No solamente está la parte militar. Hay cuestiones diplomáticas, de representación del país y del comportamiento del personal. Cuando uno zarpa y vuelve, en Argentina le expresan toda esa emoción: «Vamos, muchachos, que nos tienen que representar». Es una carga emotiva muy grande. Me levanto todos los días a ver si están todos, qué pasó, cómo anduvieron, cómo les fue. Esa preocupación la tiene uno todo el día.
¿Cuál es su principal objetivo y qué le produce mayor satisfacción?
El más grande es salir y volver todos sanos y salvos, con el buque entero. Pero en el medio hay muchos objetivos: terminar de formar profesionalmente a los guardiamarinas para que sean futuros oficiales de Marina. Cuando los veo en el puente de comando, haciendo sus primeras guardias y empezando a estar más seguros, uno se pone muy contento. También cuando llegamos a puerto y veo que se comportan como les pedimos, representando al país. Ahí siento que estamos cumpliendo nuestra misión.
¿Cómo nació su vocación naval?
Mi papá era suboficial y veterano de la Guerra de Malvinas. Para mí fue un referente. Cuando tenía diez u once años fui a verlo a un buque y vi a un oficial de guardia. Me explicaron que, cuando el comandante no estaba, él era el responsable del buque. Lo miré y pensé: «Me parece que me gusta». Después, en la secundaria, un vecino me dijo que iba a la Escuela Naval. Me acordé de aquella anécdota y dije: «Eso quiero hacer». No imaginaba todo lo que era la Marina. Conozco 23 países, muchísimos puertos y muchísima gente. Estoy feliz con esta carrera.
Después de 32 años de servicio, ¿todavía tiene cosas que aprender?
Todos los días aprendo algo nuevo. Hago una maniobra y tengo que estudiarla, prepararla. Vengo de los «buques grises», como llamamos a los buques de guerra. Había navegado a vela cuando era cadete, pero no soy un experto navegante a vela. Para este desafío tuve que sentarme a leer sobre el viento y las velas. Uno siempre está aprendiendo.
¿Qué distingue a la vida a bordo?
Hay una especie de hermandad. Después de meses juntos nos miramos y nos entendemos. A mí eso me gusta mucho: es el equipo siempre. Acá se busca el triunfo del equipo, no de la persona. Para mí es muy importante.
¿Qué les diría a los jóvenes hispanos que consideran una carrera naval?
La Marina les ofrece una carrera de aventura. Uno nunca va a hacer lo mismo: siempre estará haciendo algo nuevo y aprendiendo. Son carreras muy desafiantes y hay que esforzarse muchísimo. Es una vida de sacrificio, pero da cosas muy lindas. Hay momentos intensos de felicidad y también de presión y estrés. A quien le guste navegar, el desafío y la aventura, la Armada le ofrece una buena carrera. Va a encontrar compañerismo y espíritu de cuerpo.
¿Cómo se vive la separación de la familia?
Cuando uno sale se va muy triste. Cuesta irse cinco o seis meses y dejar a los chicos. Es parte del aprendizaje. Al zarpar, fondeamos una noche para bajar un poco el estrés y la tensión. Al otro día hicimos formación y salimos: empezó nuestro trabajo. La vuelta es mucho más feliz, pero también hay que administrar esa emoción. Todos quieren ver a sus familias y el buque todavía tiene que maniobrar y amarrar. La misión termina cuando amarramos, no antes.
¿Cómo los recibió Baltimore?
Nos han tratado muy bien. Veníamos de Norfolk con muchas actividades protocolares y aquí tuvimos un poco más de tiempo para nosotros. Hay actividades para los guardiamarinas, los comandantes y la tripulación. Está muy bien organizado. El espectáculo es lindo: uno sale a caminar y ve estos buques tradicionales, históricos. La gente pudo descansar, salir a comer y reencontrarse con otras tripulaciones. También organizamos visitas a Washington para conocer sus museos y lugares emblemáticos.
¿El fútbol también forma parte del encuentro entre las tripulaciones?
Sí. Además de las actividades protocolares, hay encuentros deportivos con los otros grandes veleros. El fútbol nos reúne, pero les recuerdo a los muchachos que estamos haciendo relaciones sociales; no estamos jugando la Copa del Mundo. Claro que queremos ganar, pero hay que comportarse como corresponde a quienes representan a su país.
La conversación terminó con fotografías, un abrazo y un presente de la fragata para Latin Opinion. Quedó también la promesa de unas arepas venezolanas: un gesto sencillo de hospitalidad entre amigos. Al despedirnos, la frase del capitán seguía dando sentido a todo el encuentro: «Acá se busca el triunfo del equipo».
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